La historia del Compact Disc


Desde la segunda década del siglo XX y hasta finales de los años setenta, el mercado discográfico había sido acaparado casi en su totalidad por el disco de vinilo. Los soportes que más se comercializaron hacia el público fueron los de 33 rpm y los de 45 rpm.

Cuando hacia el año 1983 se comenzó a sustituir la tecnología analógica - simbolizada por el disco de vinilo - por la tecnología digital - mediante el denominado disco compacto o CD -, se produjo un verdadero fenómeno sociológico de proporciones gigantescas.

En general, por analógica se entiende cualquier información que retiene el carácter continuo de la señal: el movimiento de la aguja de un tocadiscos, el voltaje que existe en el enchufe de unos auriculares en un equipo de música, las ondas de radio o la velocidad del viento a lo largo de un día. Tiempo o espacio continuo, señal continua. Es decir, señal material y por tanto de infinita precisión. Por el contrario, lo digital presupone un tiempo o espacio fragmentado, discretizado, y una señal expresada mediante números con unas pocas cifras decimales; es decir, números con precisión finita.

Cualquier aparato digital tiene finalmente que traducir sus listas de números, sus señales digitales, a un voltaje, un movimiento en la membrana de un altavoz, o un punto de luz en una pantalla. Por tanto tiene que convertir la señal digital en analógica. Un CD de música no contiene el dibujo de las ondas sonoras, sino solamente números que pueden considerarse instrucciones para que el reproductor genere el sonido correspondiente.

En cualquier caso, un aparato digital es aquél que opera con señales digitales y no analógicas, aunque finalmente tenga que realizar la conversión. Un aparato analógico, sin embargo, opera constantemente con señales analógicas.

En el sentido estricto, en toda conversión de algo analógico a una señal digital, se pierde información sin importar lo precisa que podamos realizar la conversión. Esto es así porque la información analógica es infinita y la digital no lo es. El CD es un registro numérico, una lista de números, y su manipulación no consiste más que en hacer sumas, restas y multiplicaciones con los números de la lista.

Pero la digitalización tiene un precio: reduce ineludiblemente la información que está presente en el substrato material, en la vibración del aire o en la imagen de una escena. Esta reducción se debe a que los números almacenados en un CD o en un DVD, por ejemplo, no pueden ser infinitos ni puede ser infinita su precisión.

En la traducción de la vibración del aire a números que se lleva a cabo al grabar un CD, se registra la presión del aire 44.100 veces por segundo para cada canal y con una precisión de unas cinco cifras. Es decir, el contenido de un CD es una serie de números decimales de cinco cifras, 44.100 números para cada segundo (88.200 si es estéreo).

En los estudios de grabación actuales, también se realizan grabaciones y reprocesados a 96.000 veces por segundo con una precisión de más de cinco cifras. Con ello, el registro es mucho más completo. Estudios realizados muestran que un oído sensible es capaz de percibir un considerable aumento de la calidad del sonido cuando se toman 96.000 datos por segundo.

Vivimos en plena “revolución digital” en los inicios del siglo XXI. Constantemente, nuevos sistemas de reproducción sonora cada vez más sofisticados pretenden implantarse en nuestra rutina diaria. En los últimos 25 años, hemos asistido al nacimiento del “compact disc”, del MiniDisc, del DVD y a la comercialización reciente del formato digital “mp3”, diseñado para la compresión de archivos de audio y su posterior reproducción.

El panorama audiovisual es muy alentador. Para aprender a valorar los grandes logros en el universo sonoro conseguidos en los últimos 130 años, es necesario realizar una mirada retrospectiva, tal y como se ha hecho aquí para todos nuestros lectores, y rendirse al extraordinario talento de algunos seres humanos excepcionales.

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